Cómo
doula he acompañado unas cuantas interrupciones voluntarias del embarazo pero
nunca había pasado por una personalente. Mañana hará una semana que interrumpí
voluntariamente un embarazo de 6 semanas y 6 días. Método quirúrgico de legrado-aspiración.
Anestesia local. Pastilla bajo la lengua. Vía con suero, antibiótico y
analgésico. Aborto seguro y gratuito.
Las
doulas también abortamos, y las psicólogas, y las amas de casa, y las solteras,
y las casadas, y las divorciadas, y las jóvenes y menos jóvenes. Para abortar
sólo se necesita ser mujer y estar embarazada sin haberlo deseado. Sobre el
segundo factor es sobre lo que me gustaría escribir.
Un
embarazo, más allá de lo místico-mágico que queramos verlo, es consecuencia de
una relación sexual entre un hombre y una mujer, en la que él ha eyaculado
dentro de la vagina de ella. Esto tan evidente y aparentemente poco importante,
es doloroso y de una lectura profunda en la sala de espera de una clínica
abortiva, dónde se percibe ansiedad femenina, dolor y rabia, miedo tal vez,
silencio, secreto y ganas de terminar con algo que nunca debió suceder, pero ha
sucedido. Por qué ha sucedido es lo que siento que las mujeres deberíamos
analizar juntas.
Somos nosotras y no ellos, las que nos tumbaremos en la camilla del quirófano, dejaremos que nos aten las piernas y respiraremos profundo mientras el personal médico dilata nuestras entrañas para entrar en la cavidad uterina, lugar oscuro y secreto protegido por el cuello del útero que solo se abre durante el parto y que en esta ocasión será forzado a abrirse para sacar lo que alberga y crece dentro. La experiencia del aborto es físicamente y emocionalmente intensa. No es una experiencia agradable. No admite edulcorantes, ni chistes, ni banalizaciones que no son necesarias para defender un derecho. Y es una experiencia exclusivamente femenina. El famoso “estamos embarazadOs” que no soporto, tal vez un día venga seguido de “hemos abortado lOs dOs”. Pues no…la realidad es que somos nosotras y no ellos las que pasamos por un embarazo y un parto, y somos nosotras y no ellos las que pasamos por un aborto. Es necesario explicitarlo para poder hacer un análisis feminista en condiciones.
Somos nosotras y no ellos, las que nos tumbaremos en la camilla del quirófano, dejaremos que nos aten las piernas y respiraremos profundo mientras el personal médico dilata nuestras entrañas para entrar en la cavidad uterina, lugar oscuro y secreto protegido por el cuello del útero que solo se abre durante el parto y que en esta ocasión será forzado a abrirse para sacar lo que alberga y crece dentro. La experiencia del aborto es físicamente y emocionalmente intensa. No es una experiencia agradable. No admite edulcorantes, ni chistes, ni banalizaciones que no son necesarias para defender un derecho. Y es una experiencia exclusivamente femenina. El famoso “estamos embarazadOs” que no soporto, tal vez un día venga seguido de “hemos abortado lOs dOs”. Pues no…la realidad es que somos nosotras y no ellos las que pasamos por un embarazo y un parto, y somos nosotras y no ellos las que pasamos por un aborto. Es necesario explicitarlo para poder hacer un análisis feminista en condiciones.
En la
sala de espera había hombres. Parejas o padres de las mujeres, supongo. A mí me
sobraban todos. Ellos mirando sus móviles, leyendo el periódico o mirando con la boca abierta a
Shakira en la televisión de la sala, mientras sus compañeras viven su intensa experiencia en su cabeza-útero-corazón, cada una la
suya y única experiencia, inabarcable por nadie más, imposible entender para un
varón. A mí me acompañó, porque así lo desee, mi querida amiga Elena, que me
sostuvo como yo espero ser capaz de sostener a otras, impecablemente durante 5 claustrofóbicas
horas. Es difícil estar a la altura y respetar la decisión de interrumpir un embarazo sin minimizar la
experiencia; sostener la angustia y las lágrimas sin dramatizar y no restarle
un ápice de dolor al mismo tiempo. Esa empatía sólo es posible si se tiene
útero. Si se tiene la capacidad de gestar vida. Si se percibe la grandeza de
habitar un cuerpo de mujer.
Poder
interrumpir voluntariamente un embarazo no deseado, es un derecho que tenemos
que defender y no quedarnos embarazadas sin desearlo debería ser lo normal. Es
urgente analizar que hay detrás de los embarazos no deseados. En mi caso, hubo
un fallo en la ovulación. No esperaba ovular ese día. En otros casos habrá
fallo en el método anticonceptivo utilizado. Pero en otros muchos casos hay un
deseo masculino que se superpone a un derecho femenino al autocuidado. Para
obtener placer sexual las mujeres no necesitamos exponernos a un embarazo. En
el cuerpo de la mujer, el placer está separado de la reproducción. No
necesitamos que nos penetren con un pene, ni que eyaculen dentro de nuestro
cuerpo para llegar al clímax. Detrás de muchas historias de aborto, ha sido el
deseo masculino de vivir un momento de placer el que se ha priorizado frente al
riesgo de un embarazo no deseado de una mujer. Esto es violencia. Una violencia
cotidiana y normalizada.
Minimizar
la experiencia de la IVE también es violencia, de ello se deriva cierto relajo
en los varones a la hora de usar métodos anticonceptivos y nos seguimos
exponiendo las mujeres a pasar por algo, que no hubiese sido necesario de haber
priorizado nuestro autocuidado ante su placer.
Las
mujeres hemos de retomar espacios para hablar de sexualidad, de nuestra
sexualidad. Para desmigajar cada historia de aborto, analizar qué había detrás
de cada práctica de riesgo y conocer qué grado de apropiación de nuestro propio
cuerpo y placer tenemos sobre nosotras mismas.
La sala
de espera de aquel 24 de julio estaba llena de historias de mujeres diferentes.
Mujeres que libremente han decidido no ser madres ejerciendo un derecho que debería
ser intocable y que defenderé siempre. También hay otra lectura: La sala de
espera de aquel 24 de julio estaba llena de historias de mujeres diferentes.
Mujeres embarazadas sin desearlo. Un goteo de mujeres. Un goteo por tanto
también de hombres que exponen a sus parejas a esta experiencia por su propio
placer. De esta vivencia, me quedan muchas cosas que aún tendré que digerir,
pero a una semana vista, lo que me queda son dos cosas: la visión aún más lúcida
de la carga de violencia que las mujeres soportan en sus cuerpos y el profundo
amor y respeto que siento acrecentado por las mujeres, por mis compañeras de planeta.

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