30 de julio de 2015

IVE y violencia contra las mujeres

Cómo doula he acompañado unas cuantas interrupciones voluntarias del embarazo pero nunca había pasado por una personalente. Mañana hará una semana que interrumpí voluntariamente un embarazo de 6 semanas y 6 días. Método quirúrgico de legrado-aspiración. Anestesia local. Pastilla bajo la lengua. Vía con suero, antibiótico y analgésico. Aborto seguro y gratuito.

Las doulas también abortamos, y las psicólogas, y las amas de casa, y las solteras, y las casadas, y las divorciadas, y las jóvenes y menos jóvenes. Para abortar sólo se necesita ser mujer y estar embarazada sin haberlo deseado. Sobre el segundo factor es sobre lo que me gustaría escribir.

Un embarazo, más allá de lo místico-mágico que queramos verlo, es consecuencia de una relación sexual entre un hombre y una mujer, en la que él ha eyaculado dentro de la vagina de ella. Esto tan evidente y aparentemente poco importante, es doloroso y de una lectura profunda en la sala de espera de una clínica abortiva, dónde se percibe ansiedad femenina, dolor y rabia, miedo tal vez, silencio, secreto y ganas de terminar con algo que nunca debió suceder, pero ha sucedido. Por qué ha sucedido es lo que siento que las mujeres deberíamos analizar juntas. 

Somos nosotras y no ellos, las que nos tumbaremos en la camilla del quirófano, dejaremos que nos aten las piernas y respiraremos profundo mientras el personal médico dilata nuestras entrañas para entrar en la cavidad uterina, lugar oscuro y secreto protegido por el cuello del útero que solo se abre durante el parto y que en esta ocasión será forzado a abrirse para sacar lo que alberga y crece dentro. La experiencia del aborto es físicamente y emocionalmente intensa. No es una experiencia agradable. No admite edulcorantes, ni chistes, ni banalizaciones que no son necesarias para defender un derecho. Y es una experiencia exclusivamente femenina. El famoso “estamos embarazadOs” que no soporto, tal vez un día venga seguido de “hemos abortado lOs dOs”. Pues no…la realidad es que somos nosotras y no ellos las que pasamos por un embarazo y un parto, y somos nosotras y no ellos las que pasamos por un aborto. Es necesario explicitarlo para poder hacer un análisis feminista en condiciones.

En la sala de espera había hombres. Parejas o padres de las mujeres, supongo. A mí me sobraban todos. Ellos mirando sus móviles, leyendo el periódico o mirando con la boca abierta a Shakira en la televisión de la sala, mientras sus compañeras viven su intensa experiencia en su cabeza-útero-corazón, cada una la suya y única experiencia, inabarcable por nadie más, imposible entender para un varón. A mí me acompañó, porque así lo desee, mi querida amiga Elena, que me sostuvo como yo espero ser capaz de sostener a otras, impecablemente durante 5 claustrofóbicas horas. Es difícil estar a la altura y respetar la decisión de interrumpir un embarazo sin minimizar la experiencia; sostener la angustia y las lágrimas sin dramatizar y no restarle un ápice de dolor al mismo tiempo. Esa empatía sólo es posible si se tiene útero. Si se tiene la capacidad de gestar vida. Si se percibe la grandeza de habitar un cuerpo de mujer.

Poder interrumpir voluntariamente un embarazo no deseado, es un derecho que tenemos que defender y no quedarnos embarazadas sin desearlo debería ser lo normal. Es urgente analizar que hay detrás de los embarazos no deseados. En mi caso, hubo un fallo en la ovulación. No esperaba ovular ese día. En otros casos habrá fallo en el método anticonceptivo utilizado. Pero en otros muchos casos hay un deseo masculino que se superpone a un derecho femenino al autocuidado. Para obtener placer sexual las mujeres no necesitamos exponernos a un embarazo. En el cuerpo de la mujer, el placer está separado de la reproducción. No necesitamos que nos penetren con un pene, ni que eyaculen dentro de nuestro cuerpo para llegar al clímax. Detrás de muchas historias de aborto, ha sido el deseo masculino de vivir un momento de placer el que se ha priorizado frente al riesgo de un embarazo no deseado de una mujer. Esto es violencia. Una violencia cotidiana y normalizada.

Minimizar la experiencia de la IVE también es violencia, de ello se deriva cierto relajo en los varones a la hora de usar métodos anticonceptivos y nos seguimos exponiendo las mujeres a pasar por algo, que no hubiese sido necesario de haber priorizado nuestro autocuidado ante su placer.

Las mujeres hemos de retomar espacios para hablar de sexualidad, de nuestra sexualidad. Para desmigajar cada historia de aborto, analizar qué había detrás de cada práctica de riesgo y conocer qué grado de apropiación de nuestro propio cuerpo y placer tenemos sobre nosotras mismas.


La sala de espera de aquel 24 de julio estaba llena de historias de mujeres diferentes. Mujeres que libremente han decidido no ser madres ejerciendo un derecho que debería ser intocable y que defenderé siempre. También hay otra lectura: La sala de espera de aquel 24 de julio estaba llena de historias de mujeres diferentes. Mujeres embarazadas sin desearlo. Un goteo de mujeres. Un goteo por tanto también de hombres que exponen a sus parejas a esta experiencia por su propio placer. De esta vivencia, me quedan muchas cosas que aún tendré que digerir, pero a una semana vista, lo que me queda son dos cosas: la visión aún más lúcida de la carga de violencia que las mujeres soportan en sus cuerpos y el profundo amor y respeto que siento acrecentado por las mujeres, por mis compañeras de planeta. 

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