1 de enero de 2014

La intuición como enfermedad mental



El terreno social es un terreno fértil para perder el norte si es que no se tiene bien localizado. Lo social, aquel entramado de normas que indican nuestro grado de adaptación y nuestra ausencia o no de patología según los evaluadores de aquello que se llama “ciudadanx de bien”. Lo social tiene sus propios baremos de lo que es correcto o incorrecto, valioso o carente de valor, conveniente o peligroso, etc. y en un singular juego de manos, convierte lo que era una convención social en algo aparentemente natural. Así sucede con tantas y tantas cosas interesantes de analizar y que seguramente, habrás identificado a través de tu experiencia directa. Yo hoy, aquí, quiero detenerme en “la intuición”.

La intuición….ese “tengo la sensación de…” es una herramienta maravillosa…la intuición pertenece a ese conjunto de rasgos y características típicamente categorizados (por lo social?) de femeninos. Mi opinión es que para cultivar esta capacidad humana, se necesitan unas condiciones determinadas que históricamente han sido las vividas más comúnmente por las mujeres. La intuición se enciende cuándo la parte racional se apaga, cuándo no importa el argumento a dar sino la observación de lo que sucede. La intuición se enciende en la penumbra del “segundo plano”, no bajo la luz cegadora que ilumina el papel protagonista. La intuición se enciende cuándo nuestra mente no está sobrecargada de información, teorías, opiniones de peso y puede hablar el lenguaje sencillo del “no sé por qué, pero tengo la sensación de que…”.

La intuición nos asalta cuándo menos nos lo esperamos en situaciones en las cuales, no es siempre cómoda ni bienvenida. La estructura social de la que hablábamos al principio, no deja paso, no tiene un lugar creado para acoger esta capacidad. El patriarcado jerarquiza los saberes y las vías de acceder al conocimiento dejando según su criterio, algunos saberes y vías de acceso al conocimiento, a la altura de la suela del zapato. El ciudadano o ciudadana de bien, cree además que los saberes y las vías de acceso al conocimiento cumplen este patrón jerárquico de modo natural, olvidando que dicha jerarquía es una construcción social, que para eso ha ido al colegio muchos años!

Otros saberes y vías de acceso al conocimiento tienen peor suerte. Después de pasar por el filtro social, directamente se eliminan como “spam”. No entran ni tan siquiera en la jerarquía de saberes y vías de acceso al conocimiento. Esto es lo que le sucede a la intuición como capacidad y a las intuiciones como su fruto, que ni es una vía válida de acceso al conocimiento, ni son conocimientos válidos aquellos frutos que de ella se obtienen.  Pero algo tienen que ser, porque la realidad es que existen, se muestran, así que si no se le da ese nombre, habrá que darle otro y andando. Y por darle nombres, pues se le han dado varios, despectivos siempre, de acuerdo a los estándares patriarcales de la sociedad que categoriza. Los nombres que se le atribuyen son: paranoia, imaginación, histerismo… y claro, el viejo truco de mano: por ende, las mujeres somos naturalmente paranoicas, histéricas, vemos fantasmas donde nos los hay o “estamos al borde de una ataque de nervios”.

Muchas de nosotras nos sentimos desajustadas al experimentar el estado intuitivo. La sociedad nos pide argumentos racionales, lógicos…nos pide citar a Schopenhauer para poder validar aquello que expresamos, y claro, argumentos como “no sé por qué, pero intuyo qué…”, “tengo la mosca detrás de la oreja…”, “me da la sensación de qué…”, pues mira…no sirven. Igual si hubiésemos empezado por “Spinoza decía qué…”, o “He leído a Chomsky y opina qué…” al menos nos habrían dejado terminar la frase, pero eso de la mosca detrás de la oreja, no cuela. Pero nosotras sabemos que ni Schopenhauer, ni Chomsky, ni Spinoza tienen nada que ver con nosotras y sinceramente, ante la llegada de la intuición, lo que dijeran o dejasen de decir, no importa y nada será tan claro y certero como aquello que estamos intuyendo y que ocultamos mientras tratamos de organizar el pensamiento para poder apoyar aquella intuición en argumentos sólidos, que no terminamos de encontrar y que puestos en palabras y con la inseguridad de quien sabe que “no es exactamente esto lo que quiero decir, pero algo tengo que decir para justificar mi intuición”, hacen tambalear aún más nuestra imagen de mujer lúcida que aquella cosa de la mosca detrás de la oreja.

Este desajuste que sentimos empieza a desaparecer cuándo entendemos primero por qué nos sentimos así ante una intuición, cuándo segundo, reconocemos (saliéndonos de la “hoja de ruta patriarcal”) que la intuición es una vía válida de acceso al conocimiento y tercero, cuándo nos desvinculamos de la necesidad de tener que convencer  a nadie de las razones por las cuales estamos intuyendo algo (este punto es importante…la intuición no funciona a un nivel “racional”, funciona leyendo “entre líneas”, con lo que fracasaremos siempre al intentar encontrar razones, cayendo en la trampa del que busca la prueba de nuestra “enfermedad mental”).

La intuición nos sostiene en nuestras decisiones, no alerta de peligros, nos señala caminos inexplorados, nos impulsa a poner el pie en terrenos desconocidos y a sacarlos de los ya más que conocidos. Retomar este don, hacerlo nuestro, cultivarlo, valorarlo, darle uso, no avergonzarnos ni tampoco justificarnos ante quien duda o señala como patológico esta hermosa capacidad, son paso más que importantes para retomar el sendero.

Os abrazo!

PD. Anoche intuí, con dolor, que en algunos patrones de relaciones humanas, NO  hay regla con excepción.

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