23 de diciembre de 2013

El aborto y la violencia contra las mujeres


Llevo días revuelta, me cuesta poner en palabras lo que siento ante la propuesta de reforma de la ley del aborto en España. Es grave, es muy grave lo que está sucediendo.  

Después de leer el magnífico artículo de Erika Irusta Rogríguez, “Cuerpos habitados: El inquilino Estado” he sentido que parte del nudo que me impedía expresarme ante este hecho con claridad, se había aflojado. Erika, en su fantástico artículo pone las palabras que me faltaban para explicar la dificultad que siento a la hora de reflexionar sobre esta reforma. Esta dificultad tiene su origen en el vislumbre de lo que está en la base de esta reforma, de lo que está en la base del aborto, del modo en que se espera que vivamos la sexualidad las mujeres, en la forma en la que se perciben nuestros genitales, nuestro cuerpo entero en esta sociedad…

La reforma de la ley es terrible, los términos en los que se expresa son definitivamente misóginos, eso lo siento claro. No hace falta decir que esta propuesta de reforma nace en mentes cuyas características ya conocemos y no necesitamos repetir. Lo que necesito analizar es el modo en que ha despertado en mi la antigua reflexión sobre lo que visibiliza el aborto. La reflexión sobre cómo las mujeres vivimos nuestra sexualidad y como nos apropiamos o no de lo que es nuestro. Y ante el vislumbre de lo que intuyo, me quedo aterrorizada y sin capacidad de poner palabras al pánico y a la desolación que siento. Las cosas no han cambiado prácticamente nada, sea cuál sea la ley del aborto que se proponga, desde que ya las feministas italianas pusiesen sobre la mesa este problema allá por los años 70.

Después de leer a Erika Irusta Rodríguez, he sentido además la responsabilidad de expresarme como doula sobre esta cuestión. He evitado hacerlo hasta ahora  en este espacio, porque soy consciente que las mujeres  que lo leéis, podéis tener opiniones diferentes con respecto al aborto, a lo que es o no una vida humana. Pero lo que esta emoción que vengo sintiendo estos días me dice, es que bajo la cuestión del aborto hay algo que a todas las mujeres nos afecta, estemos a favor o no del acto en sí de interrumpir voluntariamente un embarazo.

Estoy hablando de la relación que tenemos las mujeres con nuestro propio cuerpo. Estoy hablando de las veces que sometemos nuestro deseo al deseo del otro (otro terminado en  -O). Estoy hablando del modo en qué vivimos la sexualidad  y si estamos siempre seguras de que la vivimos en libertad, podamos o no ejercer nuestro derecho al aborto. 

Esta reforma de la ley pone por escrito algo que ya sucedía, que viene sucediendo hace muchísimo tiempo y que la revolución sexual ha dificultado su reconocimiento posterior. La reforma  pone por escrito para que no quepa duda que el cuerpo de la mujeres no pertenece a las mujeres. De esto es de lo que trata esta reforma, de recordarnos que nuestro cuerpo no nos pertenece. Ójala esta reforma no salga adelente, ójala la decisión de continuar o no con un embarazo le incumbiese solo a las mujeres, ójala el aborto no estuviese regulado y saliese del código penal…pero sobre todo, ójala que reapropiarnos de nuestro cuerpo no dependa de una ley.

La reforma de la ley del aborto pone en evidencia, al llevar al extremo las condiciones que el Estado nos impone para poder interrumpir un embarazo, algo que ya sucedía. Ya sucedía con esta reforma, con la ley anterior, o con la más anterior aún. Y lo que pone en evidencia es que nuestro cuerpo aún no nos pertenece del todo. El que las mujeres podamos abortar libre y gratuitamente es un avance sin duda que limita algo menos la capacidad de decisión de las mujeres. Pero, y trataré de explicarme lo mejor posible, el que esta reforma de la ley  ponga claramente sobre la mesa la intención del Estado de negarnos a las mujeres la tutela sobre nuestros cuerpos, no implica necesariamente que la anterior ley per se, garantizase el que tuviésemos mayor autoridad a un nivel profundo sobre ellos. Quizá incluso, invisibilizaba esta realidad al parecer que teníamos mayor capacidad de elección.

El que una mujer embarazada pueda ejercer su derecho a interrumpir su embarazo si lo desea, la coloca en una posición sin duda más favorable con respecto a la que no le está permitido por ley tomar esta decisión. Sin embargo, tanto una, como la otra, encarnan  la falta de autoridad sobre su cuerpo expresada en la violencia que supone un embarazo no deseado. Las mujeres, demasiadas veces nos sometemos al deseo masculino cediendo a una penetración sin usar métodos anticonceptivos, para asegurar el placer del varón, no necesariamente el nuestro. Muchas mujeres en estas situaciones fingen además experimentar placer. A quién le pertenece nuestra vagina? A quien le pertenece nuestro placer?  Cuántas violaciones (no reconocidas como tales) se producen a diario en la cotidianidad de la vida de las mujeres? Por qué mantenemos relaciones sexuales con penetración cuando no lo deseamos? Cada cuanto tiempo y por qué hemos de pasar por este “peaje”?

Es cierto que las situaciones que pueden llevar a encontrarnos ante un embarazo no deseado pueden ser muchas y diferentes. Es cierto que los métodos anticonceptivos fallan y es cierto que la pasión y el deseo sexual de las mujeres también nos pueden llevar a mantener relaciones sexuales con penetración sin protección. Pero intuyo que la gran mayoría de los embarazos no deseados no siguen este patrón. La mayoría de los embarazos no deseados son resultado de los modelos de relación patriarcales que expropian a las mujeres su cuerpo y su deseo y normalizan esta cotidiana concesión de nuestro cuerpo por nuestra parte, en nombre del amor o de la libertad sexual.

La reforma de la ley evidencia la violencia estatal contra las mujeres, la evidencia claramente. Una ley más permisiva, continúa evidenciando esa violencia porque aún es el Estado es el que “nos da el permiso” para tomar una decisión sobre nuestro cuerpo, pero invisibiliza la violencia que somete a las mujeres a la posibilidad de un embarazo no deseado.

Necesitamos que no se regule el aborto, no debe ser el Estado el que de permiso o no lo de. El aborto no debería ser legalizado, sino despenalizado. En este tema, el Estado no debe tener opinión. Esta decisión no debe ser sometida ni a juicio ni a valoración de nadie que no sea la mujer que se encuentra en dicha situación. Pero por otro lado, urgentemente, las mujeres hemos de reapropiarnos a un nivel profundo y verdadero de nuestro cuerpo, de nuestro deseo, de nuestra capacidad de gestar, de nuestros orgasmos, de nuestra forma de obtenerlos y hablar, poner sobre la mesa la violencia anterior en el tiempo al obstáculo legal para acceder al aborto, la violencia que se ejerce a diario en la exposición de las mujeres a un embarazo no deseado para satisfacer un deseo que no es el suyo.

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